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sábado

La parte oscura de la vida

La única tarea de aquel hombre era todos los días levantarse y pensar, sentado allí... en la silla petisa. Todos los días era lo mismo. Siempre era igual. Calentaba agua para su mate matinal, y en la silla se sentaba una y otra vez. Pensaba... quizá en la tristeza, quizá en la vida... solo pensaba. Esto hacía.

No había cosa alguna que le motivara, todo era un suceso de hechos que, de alguna u otra manera, sucedían. Eso era lo que pasaba, esa era su manera de ver la vida. Nunca sintió el deseo de que alguien llamara a su puerta, en el rancho de madera vieja. Ocurrió así un día, de los tantos por los que había pasado.

Abrió la puerta, dudó, pero logró hacerlo.
- ¿Cómo anda Lemes?, ¿Qué se cuenta? –preguntó Correa.
- Nada nuevo… -contestó el hombre con voz débil.
- Bueno… Mire! Le vengo a traer este perro abandonado, lo encontré ayer en la puerta de mi casa… Yo no puedo cuidar de él. ¿Puede usted hacerlo, Lemes?

El anciano no había esperado esto. No dudó en tenerlo, decidió cuidar de aquel perro de pelaje negro oscuro y ojos color ámbar.
Tendió su mano para saludar a Correa y enseguida cerró la puerta del rancho.
Miró al perro detenidamente. Lemes sintió que algo en común tenía con aquel ser abandonado.

No sabía que era. El hombre se vio reflejado en aquel perro de calle nomás; tanto, que sintió el fulgurante deseo de cuidar de ese animal.
En años Lemes no había conseguido sonreír, aquella tarde si lo había hecho... todo por un viejo perro vagabundo.

Meses, habían pasado desde aquella tarde lejana. Lemes, el hombre, se encontraba ahora tendido en una cama. Parecía que la muerte se le avecinaba.
Se volteó hacia su perro, su fiel amigo, se detuvo en la mirada. Por unos segundos creyó sentir que aquella criatura había caído como un ángel del cielo... Lo acarició y le dijo al oído en voz silenciosa una frase que hacia ya tiempo no decía: TE QUIERO. El hombre recordó ciertos momentos de su triste vida.

Se dio cuenta de un detalle: Aquel perro, que presenciaba los últimos momentos de su vida, había sido su único amigo, su única esperanza de vida.

Luego, cesó de respirar...



Fuente: alegsa.com.ar
Germán Garcés

Nosotros los marginados

No supe valorar esa segunda oportunidad, desde pequeño no he sido más que basura, algo sin valor, que lo único que conocía era la miseria y delincuencia, sólo otro de esos cientos de personas que no hacían más que vagabundear sin provocarle ningún beneficio a la sociedad. Creí que no se podía llegar más bajo, pero al final puedo ver con toda claridad que estaba equivocado, pues sin lugar a dudas he llegado a humillarme más de lo que me creí capaz; siempre marginado, creí que se me habían abierto las puertas a una mejor vida, otra vez estaba equivocado, sin embargo que podía hacer alguien como yo: aparentemente
privado de cualquier grado de humanidad; al parecer perdí la poca que me quedaba, y aunque yo era el único consiente de eso me sentía peor que nunca, no obstante de que el pueblo jamás me creyó merecedor de valor alguno, ni antes ni después de esa decisión...

¡Pero qué es eso! Apenas va llegando el verdugo, fuera del tiempo acordado; si algo puedo afirmar es que llegar a tiempo era de las pocas cosas que me empeñaba en hacer y realmente cumplía.

Ahí está la gente reunida como de costumbre, se hace presente ya sea por morbo o por negocios, algo con lo que estoy muy familiarizado, hacer dinero vendiendo partes del cuerpo de los condenados es algo muy lucrativo; es mejor que las usen para hacer experimentos o para alejar la mala suerte a que se pudran en la plaza, aunque no son fácil de obtener, hay que conseguirlas del verdugo, algo muy sencillo para mí. El día era nublado, y ya empezaban las primeras lluvias de otoño, por lo que el verdugo debía de proceder rápidamente.

La plaza alborotada como siempre, con su quiosco situado en el centro, la iglesia del lado norte, en el sur algunas tabernas y posadas, el mercado en el este y la guillotina hacia el oeste; se encontraba más llena que nunca, hoy correrá la sangre por la guillotina, pero no es
sólo eso , hoy es un día especial.

¡Ya era hora!

El verdugo con su capucha negra se prepara a hacer su faena, uno pensaría que es un buen trabajo, pero todos saben que no, el verdugo, aunque con ciertos bienes económicos es visto de peor forma que el más harapiento, en la iglesia debe sentarse hasta atrás, para entrar a algún establecimiento debe pedir permiso al dueño, razón por la cual siempre trae su tarro de cerveza del que nadie compartiría ni una sola gota, y por si eso fuera poco su casa ni siquiera se encuentra dentro del pueblo, se ubica lejos en el bosque.

Es sobre quien recaen las protestas cuando alguien no merecía la muerte, pues el pueblo no piensa en que esas decisiones vienen de gente más poderosa y respetable.

Se podría creer que no hay nadie con mayor marginación que él, mas hay una, la del verdugo que cae en deshonra, el que se vuelve ladrón o asesino.

La gente está impaciente por que se haga justicia, las primeras gotas de lluvia empiezan a caer y ya se hace tarde, por lo que rápidamente todos se ubican en sus respectivas posiciones y empieza el espectáculo.

Mi mirada se cruza con la del verdugo, que difícil profesión, fácilmente se puede caer en una gran depresión y la opresión del pueblo no ayuda en nada, incluso empeora las cosas, ayuda a generar un gran odio a la sociedad, odio que será acabado por el suicidio o, al matar a alguien, por la guillotina. Puedo ver el sufrimiento en sus ojos, sufrimiento que comparto con él, mi sucesor, el que sin inmutarse ni un segundo acaba por fin con el odio que causó mi labor.

Y así nosotros los marginados hemos de llegar a nuestro final.

Fuente: alegsa.com.ar

La muerte dos veces

Para ellos dos, tarde o temprano, encontrar la muerte en ese lugar sería un hecho ineludible. La mañana del día número once de combate los despertó con el estruendo de una bala de mortero que estalló a escasos metros. A eso le siguió una ráfaga de metralla de grueso calibre, y el sonido del motor de los panzer, que se alineaban para empezar la contraofensiva. Las cosas habían permanecido en calma por dos horas durante la noche.

Dirk y Carl estaban incómodos en la estrecha trinchera de la primer línea de combate. El calor era sofocante tanto de día como de noche y el olor rancio de sus pieles se confundía con el vaho a pólvora, muerte y putrefacción, que provenía del terreno abierto. En otra ocasión, una vez cesado el fuego, ellos y los otros hubieran salido a recoger los cuerpos dispersos, pero en ese momento eran consientes de que si se salían del pozo no volverían con vida.
Ambos, con diecinueve años a cuesta, habían pelado en diferentes frentes, cada uno con un clima, un terreno y una modalidad de hostigamiento diferente. Frente a sus ojos vieron pasar los cadáveres de muchos de sus amigos como cuerpos mutilados de la manera más absurda e inimaginable. Muchas veces habían tenido miedo y habían sentido el gélido aliento de la muerte soplándole sobre sus nucas, pero estos diez días de combate consecutivo estaban siendo los peores. Con seguridad, pensaban, no saldrían vivos de ésta.

Dirk asomó la cabeza un tanto y vio a unos doscientos metros a tres hombres de uniforme verde y cascos de visera curva. Sin duda se habían adelantado a su batallón, o estaban perdidos. No lo sabía con certeza. Uno de ellos se había enganchado en el primer cerco de alambre de protección y luchaba desesperado por salir. Los otros dos procuraban ayudarlo, pero la balacera hostil les impedía hacer demasiado. Dirk apoyó el fusil sobre su hombro, apuntó con descuido y disparó. Increíblemente la bala le dio a uno de lleno en el cuello, de eso estuvo seguro porque pudo ver un chorro de sangre brotando de la herida. No pasó un minuto cuando los otros fueron literalmente despedazados por las esquirlas de un mortero, que explotó a menos de un metro del alambrado.

Pronto comenzaron a oírse los cañonazos de la artillería inglesa y, entonces, prácticamente no hubo rincón del territorio alemán que no fuera tocado por las bombas. Desde la fosa Dirk y Carl oía los gemidos agónicos de sus compañeros, que empezaron a confundirse con los propios gritos de terror y con los estrepitosos estallidos cercanos. El suelo temblaba y la arena del desierto, que de tanto ajetreo había formado una densa nube en el aire, comenzaba a caer sobre sus cuerpos.

Ante la desesperación un oficial superior tocó su silbato y la mayoría de los soldados de la compañía comenzaron a avanzar. Dirk y Carl comprendieron la ineptitud y lo peligroso de la orden, por eso simplemente se miraron cómplices a los ojos y se resguardaron aún más dentro de la trinchera.

Vieron pasar a muchos de los suyos en carrera desesperada, con gritos de espanto y con lágrimas en la cara. Era tal la confusión reinante que algunos corrieron por la franja de terreno en la que ellos mismos habían instalado minas días atrás. Otros eran descuartizados por las balas mientras intentaban socorrer a algún herido, y otros, como si nada, abandonaban sus armas en el medio del desierto y se quedaban parados para recibir cuanto antes la descarga de la artillería enemiga.

Se intensificó el fuego encarnizado de los cañones ingleses. El refugio de Dirk y Carl no iba a aguantar mucho más. Las bombas estallaban a no más de veinte metros. Era seguro: una explosión iba a ser dar la estocada final a sus vidas y ellos no podían hacer nada para evitarlo. Se oyó un estruendo cercano, el más cercano de todos, y antes de que se pudieran recuperar de la conmoción causada por el impacto, el torso de un cuerpo cayó como plomo sobre ellos. No había nada que hacer. Todo era espanto por donde se lo mire.

Creyeron estar en el preludio de sus muertes. Aparecieron ante ellos las figuras de sus padres, las de sus hermanos, la de ellos mismos en los tiempos de la infancia. Entonces se abrazaron y rompieron en llanto. Los silbidos de la tormenta de acero coronaban el agónico ritual. Morirían abrazados, llorando juntos, rezándole a Dios y jurándole que, de sobrevivir, ambos se convertirían en monjes y volverían a ese mismo lugar cuando cumplieran treinta años, para visitar las tumbas de sus compañeros y en muestra de agradecimiento al poder divino. En fin, era la evocación enfermiza e inconsciente a una fuerza superior de quienes ya se sabían indefectiblemente muertos.

Por último, detrás del tableteo de las metrallas y los estruendos de la artillería, pudieron percibir el rumor de los bombarderos enemigos que se acercaban. Temblando como una hoja Carl se abrazó aún más fuerte a Dirk y lanzó agudo y desgarrado gemido. Cerraron los ojos esperando lo humanamente inexorable.

A finales del verano del 42, tras doce días de intensa lucha, los alemanes sufrieron una aplastante derrota en manos del ejército inglés, en la batalla de "El alamein", a cien kilómetros de Alejandría. En tres meses el general Montgomery, comandante en jefe del VIII ejército, hizo retroceder a las tropas de Rommel mil quinientas millas, a través de los restos del imperio italiano hasta llegar a Túnez, causándole pérdidas que se elevaban a los 75.000 hombres, 1000 cañones y 500 tanques.
Fue en el café "Zio" de El Cairo donde lo conocí. Era un lugar pintoresco, ubicado sobre una calle cortada, cercana al mercado de flores. A pesar de la prohibición musulmana de pintar y esculpir figuras, las paredes del "Zio" estaban atestadas de cuadros y dibujos. Me sentaba todas las mañanas ahí a jugar dominó, a tomar té con hojas de menta y a disfrutar el sabor del humo frío y frutado de la Shisha, cuidadosamente mejorada con agua de azar.

Él, como yo, era un hombre habitual del lugar. Aparecía todas los días con su característico bastón, y se sentaba en las mesas redondas a leer el diario y a fumar. No recuerdo su nombre, pero sí que era un egipcio maronita, abogado ya jubilado, que en su momento ejerció en El Cairo y en Alejandría.

Con el tiempo nos hicimos amigos. Comenzamos a sentarnos juntos, y pronto estuvimos discutiendo sobre literatura y poesía, entre otras cosas.

Una mañana me descolocó con una pregunta.
- ¿Estuvo usted por casualidad en Marsa Matru? Está a cien kilómetros de Alejandría.
- Si, estuve. ¿Por qué pregunta?- El hombre me miraba fijo, con los ojos cansados, mientras buscaba una respuesta. Al parecer no la tenía, simplemente se quería referir a alguna anécdota y no encontraba el modo de empezar.
- ¿Y no estuvo usted en el cementerio militar?
- Da la casualidad que sí. Recorrí los cementerios de la segunda guerra de todo el mundo.
Entonces fue cuando contó lo que quería hacerme saber.

Cuando este hombre ejercía en Alejandría tuvo que permanecer en Marsa Matru por dos meses para atender uno de sus casos. En esos días aparecieron el pueblo dos monjes alemanes. Uno era rubio, el otro morocho; los dos tenían la piel más pálida y los ojos más acuosos, pasivos y tristes que jamás había visto.
El hombre que me narraba la historia fue solicitado para auspiciar de traductor. Fuera del alemán, el idioma que manejaban los monjes era el inglés, el mismo con el que se defendía el abogado, que era el único en el pueblo que lo dominaba mínimamente.

Le contaron su historia de cuando jóvenes; le contaron acerca de una batalla sangrienta, la de "El Alamein", que transcurrió en la segunda guerra y de la cual ellos resultaron ilesos, después de haberle hecho una promesa al mismo Dios. Ahí radicaba el motivo de su visita a Marsa Matru: habían prometido que volverían, y por eso, pretendían recorrer la porción de desierto en la que ellos habían renacido años atrás, y visitar el cementerio donde descansaban los restos de sus compañeros.

Ocuparon las tres primeras mañanas recorriendo las dunas, tratando de reconocer el terreno, procurando encontrar la posición que ellos ocupaban por esos días. Les resultaba una tarea difícil: el pacífico desierto que ahora atravesaban en nada se asimilaba a aquel infierno de sangre y de bombas en el que habían permanecido por largas semanas. Encontraron cartuchos de balas, un casco y una pala, pero no había rastro alguno de la fosa.

A la tarde visitaban el cementerio y depositaban una flor blanca sobre las lápidas de los amigos que habían encontrado. Les resultaba irrisorio el contraste entre la belleza del mar y la arena, por un lado, y el reflejo máximo de la estupidez humana, simbolizado por esas miles de tumbas abandonadas, por el otro.

La mañana del cuarto día despertaron con optimismo. Recorrerían una vez más el desierto, tramo por tramo, y ese jornada caminarían un poco más allá de donde suponían que estaba el hueco. Encontrarían la trinchera de algún modo. Esa sería la forma en se produciría la catarsis de sus almas y del mismo destino.

Cerca del mediodía el sol calentaba más que nunca y le daba a la arena un resplandor ciego. Sin embargo los dos monjes caminaban desde hacía dos horas entre las dunas. Iban discutiendo acerca de algo sin importancia cuando debajo de uno sus pies se sintió un crujido metálico. En un mismo acto Dirk miró a Carl desconcertado y levantó la pierna izquierda. Sobrevino un estruendo sordo y la visión de las cosas se les tiñó de un blanco brillante. La mina había estallado haciéndolos volar en pedazos. Apenas llegaron a oír la explosión y a sentir los fragmentos del artefacto penetrando en su carne. Fue rápido. Seguramente nunca supieron lo que les pasó.

Fueron sepultados en el cementerio militar. En sus lápidas, como fecha de nacimiento, figuraba el día en que salieron del vientre de sus madres, y el día en que salieron con vida del vientre de la trinchera.

Fue el abogado que conocí en el "Zio"; el que los enterró, y el que esa vez me contaba la historia con los ojos brillosos y perdidos en el pasado.

Leandro N. Moreno

Destino en el purgatorio

Una incesante y estruendosa tormenta eléctrica se cernía en aquel cielo gris y nublado. Truenos y relámpagos hicieron eco entre las montañas. Aunque prácticamente era de día parecía que estaba anocheciendo.

Mi nombre es Thanatos. Yo me encontraba con mi unicornio negro, concretamente en la plaza de un antiguo anfiteatro al lado del mar. Todas las gradas de aquel anfiteatro estaban ocupadas por mis aliados que iban vestidos igual que yo. Mi vestimenta iba acompañada por una túnica negra y una capucha que me recubría todo mi rostro, pero podía ver a través de una fisura de la tela. Llevaba una espada de cobre, apretándola con mi mano derecha. Estaba a punto de iniciar un duelo contra un adversario que se hacía llamar Prometeo.

Prometeo iba acompañado con un unicornio rojo. Él tenía en sus manos una espada de plata. Su vestimenta era una túnica roja que le recubría su cabeza. Dejaba su rostro al descubierto, mostrando su cara desfigurada por quemaduras que le provocaron la muerte en su anterior vida. La nariz la tenía destrozada, sobresaliendo los orificios óseos. Él estaba condenado por el Tribunal del Purgatorio a enfrentarse contra mí.

Todos mis siervos se alzaron de las gradas para dar paso a mi contrincante. Entró por la puerta principal del anfiteatro a la vez que se sentían los estruendosos truenos y relámpagos mientras que la intranquilidad constante del mar hacía notable el vaivén de las olas. El unicornio rojo de Prometeo a cada paso que marcaba en el suelo hacía empolvar la arena a la vez que mi enemigo miraba con detenimiento a mis aliados en ambos bandos del anfiteatro. Con cara de total seriedad él dirigió su mirada hacia mí. Mi unicornio negro dio unos pasos hacia delante al mismo tiempo que una bandada de cuervos se alzaron sobrevolando el anfiteatro.

Tanto yo como él nos detuvimos a la vez, a unos varios metros. Y yo aproveché para intercambiar una conversación con mi contrincante.

Thanatos: Llegó la hora, Prometeo. - Dije alzando la voz cuando la luz de un relámpago me deslumbró.
Prometeo: Yo tan sólo quiero liberarme de este Purgatorio.
Thanatos: Pues antes tendrás que enfrentarte contra mí. Tu estás aquí para pagar por tus pecados que hiciste en tu vida pasada.
Prometeo: Que el Destino sea quien lo decida.

Al instante se sentía el cielo relampaguear y resonando en todo aquel anfiteatro. Ambos hacíamos presión con las manos en nuestras espadas. Yo ordené a mi unicornio negro que saliera a galopar velozmente contra el adversario. Prometeo hizo lo mismo con su unicornio rojo, al darse cuenta de mis intenciones. Ambos unicornios empezaron a galopar levantando la arena del suelo a cada galopada. A medida de que nos acercábamos el uno hacia el otro, en pocos segundos nos preparábamos nuestras espadas, alzándolas para arriba y así contraatacarnos mútuamente.

Al encontrarnos frente a frente, los unicornios al no frenar se chocaron entre sí. Eso lo que provocó en ambos animales que estuvieron a punto de perder el equilibrio pero supieron estar firmes alzándose entre ellos. A partir de ese momento yo y Prometeo nos enzarcemos en un duelo de espada contra espada. A la vez los unicornios aprovecharon para contraatacarse entre sí, cuerno contra cuerno. En un momento mi espada rozó la cabellera de Prometeo; éste consiguió agachar su cabeza logrando esquivar mi movimiento.

El duelo entre espadas continuó hasta el riesgo de golpear ambas espadas entre sí, haciendo presión la una contra la otra. Yo conseguí rematar el golpe echando afuera a mi contrincante de su unicornio. El golpe fue tan potente que él se cayó al suelo pero deslizándose y arrastrándose en la arena varios metros. Aproveché para atacar al unicornio rojo. El animal se percató de mis intenciones y se alzó para intentar atacarme con sus garras. El mío se abalanzó sobre él para impedírselo y yo le clavé mi espada de cobre en lo más profundo. Luego rápidamente saqué la espada ensangrentada de su tórax. El unicornio rojo rechinaba muy dolorosamente brotando mucha sangre hasta desplomarse muerto contra el suelo.

Mis siervos me alabaron al conseguir derrotar a ese animal. Sus voces se sentían de lo más profundo de ultratumba. Prometeo contempló la escena de esa muerte con expresión de sorpresa. Él cogió su espada de plata y enfurecido se dirigió corriendo hacía mí. Al llegar él frente a frente mi unicornio se elevó para atacarlo y él se dispuso a agacharse y voltearse, pasando por debajo del animal para así incrustarle violentamente la espada contra el tórax. A partir de ese momento mi unicornio rechinaba profundamente del dolor, perdió el equilibrio y se estampó estrepitosamente contra el suelo. Yo comprobé que el animal ya estaba muerto. Me levanté y observé a mi enemigo que se encontraba a unos cuantos metros. Él se mostraba impasible y serio mientras que mis aliados le abucheaban con desprecio.

El fuerte viento empezó a levantar la arena del suelo haciendo remolinos. Aún continuaban sintiéndose relámpagos, pero esa vez estaban más moderados. Nosotros seguíamos estando distanciados a unos metros pero yo me decidí a dar un paso hacia delante para hablarle a Prometeo.

Thanatos: Prosigamos. - Dije alterando mi tono de voz.

Los dos nos dirigimos a toda prisa el uno hacia el otro para enzarzarnos de nuevo en una lucha de espadas, cuerpo a cuerpo. Durante ese duelo yo podía sentir como los golpes de la espada de Prometeo contra la mía eran cada vez más incesantes. Podía percibir como la impotencia agresiva impregnaba el alma de mi adversario. Entonces él golpeó su espada contra la mía con tal fuerza que logró que mi apreciada arma saliera despedida al suelo varios metros.
Prometeo: Arrodíllate. - Me dijo él amenazándome con su espada.

Yo hice caso a lo que me decía y me arrodillé frente a él. Todos mis siervos se levantaron de sus gradas, sorprendidos de mi vulnerabilidad al no tener un arma. Él elevó su espada para decapitarme pero me di cuenta que uno de mis aliados abrió una puerta y repentinamente marchó corriendo hacia las gradas, ya que se sintió un rugido procedente de una bestia. Prometeo se giró para comprobar de dónde procedía ese rugido y cuál fue su sorpresa al ver que entre la puerta se presentaba un león de abundante melena. Él se quedó algo aturdido sin saber como enfrentarse a ese enorme animal. El león mostró su lado más irascible dirigiéndose velozmente hacia Prometeo para abalanzarse sobre él. Ambos, tanto el animal como él, se arrastraron dando simultáneas vueltas en la arena. El animal le hizo varios rasguños y cuando se disponía a devorar a Prometeo, éste le incrustó hábilmente y profundamente la espada en el tórax. Rápidamente él se apartó del animal. El león cayó al suelo, lo que hizo que la espada penetrara más en el profundo cuerpo de la bestia, acabando con su vida.

Prometeo permanecía exhausto tumbado en el suelo. Intentaba ponerse de pie pero parecía que todas sus fuerzas fueron robadas por aquel león que ya descansaba en paz. Yo ya me había levantado después de estar arrodillado y me encaminé lentamente a dónde estaba mi contrincante.

Thanatos: Mírate, Prometeo. Indefenso. - Dije en tono lamentable - Has malgastado todas tus energías contra ese animal. - Hice una pausa para recoger mi espada que estaba distanciada a unos metros. Cuando volví hacia Prometeo, que aún se mostraba exhausto, continué la conversa - Nuestra lucha la doy por concluida. Tienes dos opciones... Ríndete o alíate como siervo mío. Tú decides.

Él, que continuaba tumbado, se giró para verme y responderme.

Prometeo: Yo estoy harto de tanto sufrir. Ya tuve suficiente con el castigo que sufrí en mi pasado. - Dijo con palabras entrecortadas debido a que estaba agotado.

Thanatos: Si, es cierto. Pero aún así te mereciste sufrir por lo que hiciste. Cómo titán que eras, ¿por qué osaste en robar el fuego de los dioses para otorgarlo a los hombres? Podrías haber esperado a que los hombres descubrieran la existencia del fuego por sí mismos. - Dije alterando mi tono de voz a cada palabra - Como castigo fuiste encadenado a una piedra y Zeus me ordenó enviar un cuervo, dónde día tras día te picoteaba el vientre y te devoraba el hígado. Aún así durante la noche el hígado volvía a regenerarse para que al día siguiente volviera el cuervo a devorártelo de nuevo. - Dije fríamente mientras proseguía - De todas formas fuiste liberado. Y dime, ¿por qué decidiste poner fin a tu vida como titán entregándote a un lago de fuego?

Prometeo: Porque realmente perdí toda esperanza en volver a reconciliarme con Zeus. - Decía con ojos lagrimosos, mientras que poco a poco se levantaba del suelo.

Thanatos: Pues lo que conseguiste era acelerar el transcurso de tu vida. Tú creaste tu propia muerte.

Prometeo se acercó lentamente a mí con ojos llorosos. Se detuvo frente a frente. Me miró y me abrazó fuertemente, llorando. Todos mis aliados se alzaron de sus gradas ante el extraño comportamiento de mi adversario.

Prometeo: Aquí me tienes. Deseo salir de este Purgatorio. - Decía, alzando su mirada hacia el cielo gris - Deseo purificar mi alma para así tener otra oportunidad... que me teletransporte a mi pasado.

A partir de ese momento yo le aparté sus brazos de mí porque ya sabía lo que tenía que hacer. Le empuñé mi espada de cobre contra su abdomen. Él hizo un profundo grito de dolor que provocó eco en todo aquel anfiteatro y los cuervos se espantaron. Miró al cielo entre gritos y lágrimas. Luego bajó su mirada hacia su abdomen y comprobó que sentía mucho calor y dolor. Dentro de su alma se veía como si se formara un fuego muy rojizo. Parecía como si se tratara de una combustión espontánea. Le incrusté la espada más profundamente y repentinamente las llamas de fuego en su interior se alteraron. Él gritó profundamente y comenzaron a salir de su propia alma potentes destellos de luz blanca. Yo empecé a quemarme una poca parte de mi túnica y decidí apartar la espada de él y separarme unos cuantos metros. Vi como el fuego purificador comenzó a rodearle de pies a cabeza en un santiamén.

Al cabo de unos segundos el alma de Prometeo desapareció entre las llamas. El fuego purificador lo que hizo al mismo tiempo era teletransportar el alma de Prometeo hacia sus inicios como titán.

Mientras, en el anfiteatro, cayó una abundante lluvia que fue propicia para apagar las flamas de la túnica roja de Prometeo que yacía carbonizada en el suelo. Todos mis siervos y yo nos dispusimos a desaparecer de ese lugar para irnos a nuestro mundo de origen, el Hades; y volver día tras día al Purgatorio por si había más almas a las que enfrentarse para purificarlas o que deseaban aliarse conmigo.


Fuente: alegsa.com.ar