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Osama Bin Laden


El joven Osama

El padre de Osama Bin Laden, el jeque Muhamad Bin Ud Bin Laden, era ingeniero y arquitecto, y según sus biógrafos, como simple campesino dejó su provincia natal de Hadramut, en Yemen, a principios de los años veinte, se instaló en Hedjaz (Arabia Saudita) en 1932, donde hizo una cuantiosa fortuna.

Varias fuentes coinciden en que Osama Bin Laden nació en 1957, en Riad, en un barrio llamado Al Malaz, lejano aún de “la figura de ese hombre alto, delgado, de mirada fúnebre, nariz aguileña y barba negra que ha comenzado a encanecer, y parece arrancada de una vieja versión de las mil y una noches”, como lo describe el periodista argentino Walter Goobar.

Su madre, según muchos historiadores, no era la esposa favorita de Muhamad Bin Laden, quien tuvo 54 hijos con 11 esposas. Osama, quien aparentemente no era tampoco uno de los hijos favoritos del patriarca, recibió una educación tradicional y acabó sus estudios secundarios en un colegio de Jedda en 1973.

Osama recibió una educación esmerada en centros elitistas, como el Victoria College de Alejandría, Egipto, donde estudian los hijos de príncipes y jeques de todo Medio Oriente, y gozó de los lujos y placeres de los jóvenes de su condición social.

Acompañado de sus numerosos hermanos y hermanastros, realizó viajes a diversos lugares de Europa para recibir formación especializada, aprender el idioma inglés o simplemente disfrutar de unas vacaciones a lo príncipe.

El consorcio de las empresas de los Laden, floreció durante el “boom” petrolero saudí de los años setenta y, gracias a sus contactos con la monarquía, obtuvo la exclusividad de todas las obras de restauración o de construcción de edificios religiosos.

Contratos que también se extendieron a varios países árabes.

Estos negocios al servicio del Estado y la fe del Islam otorgaron a los Bin Laden gran respetabilidad, así como relaciones de privilegio con el poder saudí, a partir de la estrecha amistad del padre con el rey Faysal.

Osama se inició en la doctrina islámica en una madrasa (seminario coránico) de Jeddah antes de estudiar ingeniería, gestión de empresas y teología islámica en la Universidad Rey Abdulaziz de Jeddah, al tiempo que participaba en la administración del grupo empresarial de su familia.

Hacia 1979 concluyó sus estudios, y pasó a desarrollar una actividad islámica militante, en un año crucial para el despertar del Islam político en toda la región.

En febrero había triunfado la revolución Komeinista shiíta en Irán, y el veinteañero Bin Laden, con el apoyo de su familia y de la casa real saudí, decidió tomar parte en las brigadas internacionales islámicas contra el “comunismo ateo”.

El temor a la revolución iraní por un lado, y la URSS por otro, impulsó a la monarquía de Arabia Saudita a pactar con EEUU, y uno de los capítulos de ese arreglo consistió en una alianza estratégica con la CIA para combatir a la Unión Soviética en Afganistán.

La cruzada islámica en Afganistán

A fines de la década del 70, los consorcios petroleros anglo-estadounidenses querían apoderarse de los recursos energéticos y de los corredores de oleoductos que salen de la cuenca del Mar Caspio.

Para lo cual el asentamiento militar y político en Afganistán resultaba clave.

La estrategia de la CIA y de la inteligencia militar se encuadraba formalmente en la disputa por áreas de influencia que Estados Unidos y la Unión Soviética mantuvieron durante toda la Guerra Fría.

Con la administración Reagan-Bush, a principios de los 80, se incrementó la ayuda encubierta y el suministro de armas a los mujaidines de la resistencia afgana que quería expulsar a los soviéticos de su territorio.

Dentro de ese objetivo EEUU realizó un acuerdo secreto con el servicio de inteligencia paquistaní (ISI) y con el de Arabia Saudita ( Istajbarat), conducido desde Riad por el príncipe Turki Al Faysal, viejo amigo de la familia Laden.

La relación de la CIA con grupos radicalizados de la jihad islámica se estableció principalmente durante la gestión de Bush padre al frente de la CIA durante las administraciones de Nixon y de Ford.

Bush padre, por entonces vicepresidente de Reagan, mantenía una decisiva influencia sobre la CIA (en ese momento comandada por William Casey) y había sido el gestor principal de la entrega de armas a Komeini a cambio de drogas y de prisioneros norteamericanos durante el Irangate.

La CIA infiltró los cuadros combatientes islámicos utilizando de intermediario al servicio de inteligencia paquistaní (ISI), que en la actualidad sigue actuando de nexo entre los grupos terroristas que operan en Asia, los Balcanes y Medio Oriente, principalmente la red Al Qaeda.

La invasión militar de la URSS en Afganistán, en 1979, se produjo en respuesta a las operaciones encubiertas que la CIA venía realizando con grupos fundamentalistas para derrocar al régimen pro soviético en ese país.

La CIA, por intermedio del servicio secreto de Pakistán intentaba convertir la jihad afgana en una guerra de todos los estados musulmanes contra la Unión Soviética.

En esta cruzada anticomunista de Reagan-Bush en el Asia Central también participaron de las operaciones clandestinas otros servicios de inteligencia como el británico y el Mossad israelí, que actuaban de enlace con el Medio Oriente.

Investigaciones realizadas por el FBI y el organismo antilavado Financial Crimes Enforcement Network por orden del propio Congreso norteamericano, determinaron las conexiones de esas operaciones con Salem Bin Laden (el padre de Bin Laden), el empresario James R. Bath, y el Bank of Credit & Commerce (BBCI).

La investigación había revelado que los sauditas estaban utilizando a Bath y al BCCI para realizar lavado de dinero, tráfico de armas, y canalización de los fondos para las operaciones encubiertas de la CIA en Asia y Centroamérica.

Además de manejar los sobornos a gobiernos y de administrar los fondos de varios grupos terroristas islámicos.

En 1991, la revista Time describió a Bath como un lobbista cuyas vinculaciones iban desde la Agencia Central de Inteligencia (CIA), hasta contactos con Bush y la administración republicana de Reagan.

Salem Bin Laden era socio de los Bush en la compañía petrolera Arbusto Energy. Sociedad que, después de la muerte misteriosa de su padre, continuó con Bin Laden hijo y su familia.

Durante la ocupación soviética de Afganistán, la CIA, bajo la dirección de William Casey canalizó 6.000 millones de dólares para financiar y entrenar a los rebeldes afganos.

Casey convenció al Congreso norteamericano que proporcionara a los afganos los misiles antiaéreos Stinger, que sirvieron para derribar los aviones y helicópteros soviéticos, y luego, en la guerra de Afganistán del 2001, fueron empleados por los talibanes contra los aviones y helicópteros norteamericanos.

La administración Reagan-Bush calificó de “combatientes de la libertad” a las fuerzas islámicas que le servían de peones en el tablero del enfrentamiento global con la URSS.

Bin Laden hijo se introdujo en el escenario afgano de la mano de los servicios secretos de Arabia Saudita (el Istajbarat), de Pakistán (el ISI) y de Estados Unidos (la CIA).

El bautismo guerrillero

Reclutado y entrenado por la CIA y el Istajbarat, que dirigía desde Riad el príncipe Turki Al Faysal, desde 1980 el joven Osama Bin Laden tomó parte en la lucha contra los soviéticos organizando campos de adiestramiento y de reclutamiento.

A su vez servía de nexo para la canalización de fondos y de armas para la jihad islámica, procedentes de la red de droga y de dinero negro centralizada en Arabia Saudita.

A partir de 1982 se estableció en Peshawar donde puso en marcha la entidad Al Maktab ul-Khidamat Mujahideen, una oficina de servicios a los mujaidines contratados para combatir contra los soviéticos.

Con su cuartel general instalado en Peshawar, en donde se dictaban clases de adoctrinamiento político y de estudio religioso, Bin Laden estableció estrechos contactos con ramas islamistas nacionales, como la Jihad Islámica egipcia Al Jihad Al Islami, y con organizaciones de dimensión transnacional, como los Hermanos Musulmanes, el histórico movimiento islamista fundado en Egipto en 1928.

De todo este conglomerado de mujaidines a su mando, entre 12.000 y 20.000 hombres, y del contacto con grupos integristas del exterior surgió en 1988 Al Qaeda (La Base), convertida más tarde en la columna vertebral de los movimientos terroristas islámicos que operan por cuenta de la CIA en Asia y Medio Oriente.

Sin tomar parte casi en ningún combate, según la mayoría de sus biógrafos, la función de Bin Laden consistió en acrecentar la financiación encubierta estadounidense y saudita con fondos procedentes del tráfico de opio y morfina, y el reclutamiento de miles de voluntarios árabes de otras nacionalidades, como uzbecos soviéticos, moros filipinos o uigures de la región china de Xinjiang.

Unos 35 mil extremistas musulmanes, provenientes de 40 países islámicos, se sumaron a la lucha de Afganistán entre 1982 y 1992, entrenados y financiados por la red encubierta del eje CIA-ISI-Arabia Saudita, y teniendo a Bin Laden como uno de sus operadores centrales.

Según el periodista especializado, Walter Goobar, de uno de los centros de reclutamiento de Bin Laden en Brooklyn, los voluntartios pasaban a “La Granja”, nombre con que se conocía en la jerga del espionaje a Camp Peary, un centro de reclutamiento de la CIA en Virginia.

En “La Granja”, los reclutas musulmanes provenientes de todo el mundo aprendieron las técnicas de sabotaje y de terrorismo dictadas por oficiales y especialistas norteamericanos.

Entre sus “egresados” más famosos se cuenta Ramzi Ahmed Yusuf, quien en la actualidad cumple condena a cadena perpetua como principal implicado en el atentado contra las torres gemelas el 11-S. Otros revistan en el presente como miembros del estado mayor de la organización Al Qaeda fundada por Bin Laden.

Las pantallas y los desplazamientos secretos de estas operaciones impedían que la mayoría de los combatientes -salvo sus comandantes mayores- conocieran los objetivos encubiertos que se montaban detrás de su causa religiosa.

Bin Laden y los talibanes

El eje Al Qaeda-Talibán-Pakistán emprendió la resistencia armada contra el ejército rojo desde las montañas, y sus integrantes fueron presentados como “luchadores al servicio de la libertad” por las habituales usinas mediáticas internacionales de la CIA.

Esa guerra culminó con el retiro de las fuerzas soviéticas en 1989.

En febrero de 1989 el ejército soviético, resignado a no poder derrotar a los mujaidines y tras sufrir 15.000 bajas, culminó su retirada de Afganistán por decisión de Mijaíl Gorbachov, quien quería a toda costa cerrar teatros de conflicto con EEUU en un momento en que el imperio de la URSS atravesaba por una crisis terminal.

No obstante, la coalición islámica armada por la CIA no pudo derrocar al régimen pro comunista hasta abril de 1992.

El presidente Mohamed Najibulá abandonó el poder y, en septiembre del mismo año, se formó un gobierno de coalición entre los grupos islámicos que habían expulsado a los soviéticos.

Eso no supuso el fin de la confrontación, ya que comenzaría una guerra civil entre las facciones islámicas divididas por el reparto del poder, y financiadas por la ex burocracia de la URSS por un lado, y por EEUU, Inglaterra y Arabia Saudita por el otro.

En esa lucha comenzó a gestarse el eje Talibán – Al Qaeda – Pakistán – Chechenia, que con Bin Laden como estrella y estratega asumiría el control militar y político de Afganistán en 1996.

El 26 de septiembre de 1996 las fuerzas talibanes conquistaron la capital afgana, pusieron en fuga al Gobierno de Rabbani, ahorcaron públicamente al ex presidente procomunista Najibullah y sentaron los cimientos de un Estado teocrático que el 26 de octubre de 1997 adoptó el nombre de Emirato Islámico de Afganistán.

La lógica del proyecto teocrático de los talibanes entró en contradicción con los planes de EEUU para la región. El gobierno fundamentalista intentó construir poder propio al margen de los intereses económicos y geopolíticos de Estados Unidos y sus consorcios petroleros.

El eje Talibán-Al Qaeda-Pakistán-Chechenia se solidificó y fue clave para la construcción del régimen islámico radicalizado que imperaba en Afganistán desde 1996.

EE.UU. comenzó a perder influencia sobre las redes islámicas que habían tomado Afganistán en 1989 como base de despliegue para extender la guerra santa a toda el Asia y Medio Oriente.

La CIA, con financiación encubierta de la mafia rusa ligada a la droga y al contrabando de armas, comenzó a entrenar a los grupos antitalibanes nucleados en la Alianza del Norte.

Sin embargo, la Alianza del Norte también fue obra de los servicios de inteligencia de Rusia y de los países que sostenían posiciones contra el radicalismo talibán-checheno instalado en Kabul.

Mientras que Arabia Saudita, Pakistán y Chechenia apoyaban y daban cobertura logística a los talibanes; Irán, Rusia, India y cuatro repúblicas de Asia Central -Kazajstán, Uzbekistán, Kirguizístán, TTajikistán- sostenían abiertamente a la Alianza del Norte que intentaba derrocar al gobierno de Kabul.

La administración Clinton y el Pentágono se habían propuesto expulsar a la conexión Talibán-Al Qaeda-Chechenia del control de Afganistán.

Su independencia de poder y los planes propios que tenían para el mundo islámico, los hacía inviables para la geopolítica de EEUU en la región.

De esta manera se dividió y se rompió la coalición islámica que expulsó a los soviéticos de Afganistán.

La CIA, que permanecía infiltrada, tanto en la alianza del norte como en el régimen talibán, por medio de la inteligencia pakistaní, comenzó a diseñar la operación que culminaría con la invasión militar norteamericana a Afganistán tras la voladura de las Torres Gemelas.

El gobierno fundamentalista de los talibanes -con Bin Laden como virtual ministro de Defensa- terminaría en el 2001 a causa de las múltiples operaciones de la CIA sobre los enemigos internos y externos de los talibanes.

Y cuyo desenlace principal fue el apoyo de Pakistán y de su estructura de inteligencia a la invasión militar de EEUU a Afganistán, tras los atentados del 11-S en Nueva York

La “oveja negra” de la CIA


Durante su reclutamiento por la CIA en la guerra contra la URSS, las ideas de Bin Laden pasaban por la refundación de un gran Estado islámico bajo la consigna de que sus sagrados principios estaban amenazados por el ateísmo soviético implantado en los países musulmanes.

Por distintas razones el millonario saudí coincidía con la CIA y EEUU en un mismo objetivo: derrotar y expulsar a los regímenes controlados por Moscú en los territorios islámicos.

Tras la derrota de la Unión Soviética en Afganistán esa sociedad entró en contradicción.

Una parte de la jihad (caso del eje Talibán-Al Qaeda-Chechenia) intentó construir poder propio al margen de los intereses económicos y geopolíticos de Estados Unidos.

Después de la retirada soviética de Afganistán, en 1989, Bin Laden no quiso participar de las disputas entre los bandos afganos nucleados en la alianza del norte y el gobierno de Kabul, y retornó a Arabia Saudita.

Desde allí coordinó el envío de veteranos musulmanes a los Balcanes, Chechenia, Yemen y Sudán donde estableció su propio banco: el Al-Shamal Islamic.

Durante la primera Guerra del Golfo, en 1991, se opuso al ingreso de Arabia saudita y condenó la intervención norteamericana en Irak, pese a que por debajo sus contactos con las redes extremistas manejadas por la CIA permanecían inalterables.

Los pactos de la monarquía saudí con EEUU lo llevaron a radicalizar sus discursos antiamericanos dirigidos a los vastos sectores islámicos que no coincidian con las posturas del gobierno de Riad en la región del Medio Oriente.

Las actividades subversivas de Bin Laden resultaron intolerables al régimen saudí, y en 1992, el que fuera “combatiente de la libertad en representación del reino” tuvo que abandonar el país antes de ser encarcelado.

Junto con unos cuantos centenares de sus combatientes encontró acogida y se refugió en Sudán, donde, y desde 1989, gobernaba el régimen militar-islamista del general Umar al-Hasan al-Bashir.

En ese país africano Bin Laden, endureció su lenguaje antiimperialista, levantó el tono de sus amenazas de guerra santa contra EEUU e Israel, y siguió conduciendo a Al Qaeda con la cobertura de sus empresas legales funcionando por todo el Medio Oriente.

Allí amplió los negocios que había abandonado en Arabia Saudita, llegando a manejar 60 empresas y sociedades en los ramos de la construcción, la industria química, la industria farmacéutica, la máquina-herramienta, el montaje de equipos informáticos y el comercio de productos agrícolas, con sucursales en diversos países, muchas veces en paraísos fiscales.

El Gobierno sudanés le concedió las licitaciones para una serie de importantes obras públicas.

Desde 1992, y hasta la guerra de Afganistán los atentados de la red Al Qaeda a instalaciones de EEUU crecieron junto con la leyenda de Bin Laden.

Este período conformó un capítulo negro e impreciso de su relación con la CIA, mediatizada por las complejas redes y entramados de las organizaciones que integran Al Qaeda.

Para los expertos nunca quedaron en claro las posiciones “antinorteamericanas” de las red extremista comandada por Bin Laden, cuyas fuentes de financiación siempre estuvieron ligadas al dinero en negro de las armas y las drogas controlado por la CIA.

Tras la concreción de numerosos atentados por parte de Al Qaeda, la comunidad de inteligencia americana colocó a su ex soldado en una lista negra, y la CIA confeccionó un dossier de “buscado” con su foto en julio de 1993, luego de que se le atribuyera el derribamiento de dos helicópteros y la muerte de una docena de soldados de la Armada de Estados Unidos, en Mogadiscio, utilizando misiles Stinger tierra-aire que le habían sido provistos por los propios norteamericanos en Afganistán.

El 13 de noviembre de 1995 un coche bomba estalló frente a la sede en Riad de los consejeros militares destacados en la Guardia Nacional saudí y mató a siete personas, cinco de ellas estadounidenses.

El 25 de junio de 1996, en otro atentado, un camión cisterna cargado con más de una tonelada de dinamita estalló junto al edificio Al Jobar de Dhahrán que servía de alojamiento de tropas norteamericanas, causando 19 muertos y 300 heridos.

Ya con el mote de “oveja negra” de la CIA sobre los hombros, Bin Laden huyó de su refugio en Sudán y se instaló nuevamente en Afganistán, donde los talibanes conducían su régimen teocrático con una débil oposición militar de la alianza del norte financiada y entrenada por la inteligencia americana.

Desde ahí en más, tanto con la administración de Clinton como con la de Bush hijo, fue señalado como el “cerebro en las sombras” del gobierno Talibán.

La teoría del “doble juego”


En diciembre de 2000,el FBI y la CIA advirtieron que Bin Laden podría estar maquinando una sangrienta operación en suelo norteamericano.

Se incrementaron las medidas de seguridad y se detuvo a sospechosos de pertenecer a Al Qaeda. En agosto de 2001 el propio Bin Laden advirtió, a través de declaraciones al diario editado en Londres Al Quds Al Arabi, de la inminencia de un ataque “muy, muy grande, sin precedentes” contra Estados Unidos.

Las actividades subversivas denunciadas consistían en la administración de campos de entrenamiento de Al Qaeda en el extranjero, el reclutamiento de activistas en Estados Unidos (muchos con capacitación técnica y científica) y la compraventa de armas y explosivos en el mercado negro.

El FBI puso a Bin Laden en el primer lugar de su lista de delincuentes más buscados y ofreció una recompensa de cinco millones de dólares a quien aportara información tendiente a su arresto, y el Departamento de Estado puso en marcha el pedido de extradición a Afganistán.

Sin embargo, los expertos siempre hablaron de una relación de “doble juego” que nunca se cortó entre el eje Al Qaeda-CIA, la que seguiría mediatizada por el servicio de inteligencia paquistaní.

Los EEUU y la CIA -de acuerdo a informes de diferentes organismos oficiales que se suman al del Congreso- repitieron en los Balcanes, a mediados del 90, patrones calcados del Irangate y de las operaciones encubiertas organizadas en Afganistán durante la guerra contra los soviéticos.

En esta fase la CIA y su brazo de la inteligencia paquistaní estaban concentrados en planes destinados a desestabilizar a los ex regímenes socialistas en los Balcanes.

Tras la desaparición de la Unión Soviética las redes del terrorismo islámico, incluída Al Qaeda, se habían extendido por las ex repúblicas musulmanas que integraban la URSS antes de su desintegración.

Los líderes guerrilleros islámicos se convirtieron en jefes de bandas armadas que luchaban entre sí por el control de los negocios turbios que giraban alrededor de la droga y el tráfico de armas, controlados secretamente por la CIA y la ex burocracia corrupta del imperio soviético en los Balcanes.


En la mitad de la década del 90, el Pentágono y Clinton desarrollaban una estrategia orientada a dos objetivos:

derrocar la sociedad Talibán-Al Qaeda en Afganistán, y expandir la guerrilla islámica hacia las ex repúblicas soviéticas de los Balcanes.

El modelo del Irangate -utilizado por Ollie North y los contras nicaragüenses durante la administración Reagan- fue nuevamente implantado en los Balcanes de mitad de la década del 90.

El aparato militar y de inteligencia pakistaní volvió a servir de “mediador” entre la CIA y las redes islámicas, particularmente con Al Qaeda, quien seguía manteniendo relaciones secretas con la Agencia por medio de esos canales.

Según Ralf Mutschke, del área de Inteligencia Criminal de la INTERPOL, en un testimonio ante la Comisión Judicial del Congreso,las organizaciones islámicas que operaban en los Balcanes financiaban sus operaciones con dinero del comercio internacional de heroína y con préstamos de países y terroristas islámicos, entre ellos Osama Bin Laden.

En esa, y otras denuncias realizadas por el bloque republicano en el Congreso norteamericano se quería demostrar la complicidad de la administración Clinton con Al Qaeda y otras organizaciones terroristas, que eran utilizadas para desestabilizar a gobiernos de Europa del Este, particularmente al régimen de Yugoslavia que finalmente fue bombardeada igual que Afganistán.

El operativo de conquista de los ex Balcanes soviéticos, preparó la invasión a Yugoslavia, y conformó un enclave operativo estratégico en la escalada hacia la toma militar de Afganistán.

O sea, que mientras Al Qaeda y Bin Laden realizaban supuestos atentados contra Estados Unidos en Medio Oriente y Asia, colaboraban con la CIA para el derrocamiento de gobiernos “hostiles” a los objetivos imperiales de EEUU en los Balcanes.

La otra versión del 11-S


La operación terrorista del 11 de septiembre, que preparó el justificativo para la invasión a Afganistán, en la opinión de muchos estudiosos, pudo haber sido posibilitada por una clásica operación de “doble juego” entre la CIA, el servicio paquistaní y Al Qaeda.

Dice el profesor Michel Chossudovsky, de la Universidad de Ottawa:

“Según el informe de inteligencia del gobierno de India los perpetradores de los ataques del 11 de septiembre tenían vínculos con el ISI paquistaní, el cual a su vez tiene vínculos con agencias del gobierno estadunidense. Lo que esto sugiere es que personas clave dentro de la institución de la inteligencia militar estadunidense podrían haber sabido de los contactos del ISI con el líder del grupo terrorista del 11 de septiembre, Mohamed Atta, y no actuaron. Faltaría comprobar si esto representa una patente complicidad de la administración Bush”.

Un sector importante de expertos en EEUU -apoyados por informes secretos de la comunidad de inteligencia- creen que los atentados a las torres y al Pentágono fueron producto de una “interna de la CIA”.

Combinada posiblemente con operaciones paralelas de la inteligencia paquistaní sobre la “interna” del terrorismo islámico.

Los aviones que impactaron contra las torres no habrían estado dirigidos a demolerlas, sino a producir un daño en su estructura.

El derrumbe accidental de las gigantescas moles por recalentamiento de los materiales ferrosos de su estructura, desató un escándalo entre las fuerzas de seguridad interna, sockeó a la sociedad estadounidense, y generó un replanteo de la política de inteligencia del imperio.

Esa crisis dentro del poder imperial -por extraña paradoja- le sirvió a los halcones para diseñar la leyenda del nuevo “enemigo” de los Estados Unidos y de la humanidad.

Y comenzaron las acostumbradas “reapariciones” de Bin Laden sembrando terrorismo mediático desde las pantallas de los televisores.

Esto explicaría, entre otras otras cosas, porque Bin Laden “nunca apareció” después de la conquista militar de Afganistán.

Ahora bien, segun EEUU, Bin Laden esta muerto?

En diversas oportunidades se difundió la noticia de que Osama Bin Laden estaba muerto, nuca se pudo probar con pruebas fehacientes.
La mas reciente y segun EEUU, la noticia confirmada sobre e hecho, data del mes de Abril de 2011:

Estados Unidos ha puesto fin a su peor pesadilla. Osama Bin Laden ha muerto. Elaborada durante muchos años, estudiada al milímetro durante los últimos meses, una operación de las fuerzas especiales de élite estadounidenses Navy Seals ha acabado con la vida del líder de Al Qaeda. Así lo anunció en torno a las once y media de la noche del domingo (cinco y media de la madrugada del lunes en España) el presidente de Estados Unidos, Barack Obama. Los agentes abatieron a disparos al líder de Al Qaeda en la localidad de Abottabad -a 80 kilómetros de Islamabad y en el norte de Pakistán- en una operación en la que no hubo bajas estadounidenses. En el día siguiente al anuncio, en su segunda comparecencia desde que se desarrolló la operación, en un acto de homenaje a dos soldados fallecidos en la Guerra de Corea, Obama ha afirmado: "Es un gran día para América, el mundo es más seguro y mejor a causa de la muerte de Osama Bin Laden".

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